BORGA: “TARDÉ 38 AÑOS EN ESCRIBIR MI PRIMER POEMA”

Franco Guerarduzzi emprendió un profundo viaje al interior de distintos poetas a través de entrevistas.

Franco Guerarduzzi, Técnico en Periodismo y estudiante de la Lic. en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Villa María, se encuentra realizando una serie de entrevistas a diferentes escritores y poetas de la ciudad y de la región, planteando un acercamiento a estos actores desde charlas amenas  y profundas, con un estudio previo notable de sus obras.

Las mismas tuvieron su inicio con el poeta Gustago Borga, quien cuenta con seis publicaciones en su haber.

Quizás la motivación de Franco para realizar estas entrevistas, se encuentre en su reciente pero muy activa incursión en el mundo de la poesía, exponiendo sus producciones en redes sociales, blogs, en nuestra revista y plataforma web (Escritores de la ciudad), entre otros, con una grata respuestas por parte de sus lectores.

No sólo eso, sino que el fruto de su intensa producción llegó a su máxima expresión -hasta el momento- cuando obtuvo, hace algunas semanas atrás, el segundo premio “Medalla de Plata” en el Concurso Nacional de Poesía P. Belleti 2016 realizado por la Sociedad Argentina de Escritores filial Villa María.

En lo que respecta a la entrevista que da inicio a la serie, se trata de un trabajo minucioso, de estudio previo y de acercamiento intensivo a la poesía completa de Borga, buscando conocer al sujeto que se encuentra detrás de ellas para luego confirmar o descartar las suposiciones con las preguntas elaboradas al respecto.

La reunión, llevada a cabo en el gabín de la calle Entre Ríos (lugar de trabajo del escritor), tuvo una tercera integrante, la fotógrafa Florencia Garello quien se encargó de registrar este íntimo encuentro. Les dejamos a continuación este viaje al interior de un poeta a través de una charla que parece cotidiana, pero que fue estratégicamente pensada con anterioridad y poéticamente elaborada posteriormente.

Escribe Franco Guerarduzzi.

En el gabín de calle Entre Ríos, mientras la tarde se adormece en las calles algo vacías y golpeadas por un septiembre ventoso, hay un hombre con la profundidad de lo sencillo. Sencillo como un puntito negro en alguna página del libro que todos escribimos pero que no encontramos. Libro que tal vez esté en los estantes de una mirada. Mirada tranquila como la sonrisa del silencio en la que un pequeño juega con las palabras. Palabras que nos llevan de la mano, despacito, al barranco donde nos abandonan con la violencia y ternura de un beso repentino. Y repentina y filosa es también la lágrima que nos recorre el corazón cuando la brevedad y la contundencia de un poema nos cachetea la cara.

La puerta está abierta. Hay un pasillo angosto y las escaleras se elevan empinadas. Subimos sosteniéndonos de las paredes. Allí nos espera. Ríe con la costumbre de quienes conocen la soledad. Se escuchan voces algo difusas por la radio. Gajos de sol salpican el suelo y las paredes. Las cortinas azules también se extienden por algunos sectores con cierto capricho, como queriendo no perder protagonismo. Su teléfono se carga en un alféizar a la espera de que sean escritos los próximos versos.

Una serie de televisores se ubican a lo largo de un tablero por donde monitorea el ferrocarril. En otra mesa, más pequeña, reposa un libro sobre la vida de Antón Chéjov que lo acompaña durante sus ocho horas diarias. Unas galletitas, la pava y el mate aflojan a la pesadumbre del tiempo. Un torno imponente descansa frente a uno de los ventanales. El tren ya pasó y a lo lejos se oye su respirar vehemente. Gustavo gira la manivela del torno y las barreras comienzan a levantarse.

– ¿Cómo es un día de Gustavo Borga en lo cotidiano?

Es una vida bastante monótona, aburrida, de mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa. Salgo a veces los fines de semana, pero nada emocionante.

¿Usted nació en Villa Nueva y se crió allí?

Sí, pero anduve por muchos lugares. Nací ahí pero desde muy chico nos fuimos, debo haber sido bebé. De hecho no tengo recuerdos de Villa Nueva. Sé que nací allí porque me lo dijeron mis padres. Anduvimos en varios pueblos: Calchín, Leones, Pampayasta, Salta. He vivido en alrededor de veinte lugares diferentes. Los primeros recuerdos que tengo son de las Varillas.

¿Tiene estudios?

Hice hasta séptimo grado y después comencé con el trabajo cuando nos vinimos a Villa María.

El viajar por tantos lugares, ¿se vincula a lo laboral?

Sí, mi papá era mozo, siempre se estaba yendo de un lugar a otro y nosotros íbamos con él.

– ¿Recuerda cuál fue su primer trabajo?

Yo trabajé muchos años de peón de albañil y luego entré en el ferrocarril donde voy a cumplir 30 años.

– ¿Le gusta trabajar en el ferrocarril?

Estoy bien en este lugar porque puedo leer. Sin embargo, hace sólo unos meses que estoy acá. Antes, con el menemismo, nos daban una bordeadora y cortábamos yuyos todo el día. De todos modos era mejor que el trabajo de peón de albañil.

– Al pasar tanto tiempo aquí, ¿por qué no aparece en su poesía este entorno?

Porque no me siento un ferroviario. Tengo la categoría más baja de todo el ferrocarril desde hace treinta años. En todos los trabajos que tuve, siempre pertenecí a la categoría más baja. Hay ascensos pero no me interesa.

¿Cómo está compuesta su familia?

Mi padre, mi madre, mi hermana y yo.

-¿Tiene pareja o hijos?

No.

– ¿Y quiere tener?

No, tampoco. Vivo solo.

– ¿Se considera un hombre solitario?

Sí, bastante solitario y huraño. Disfruto de la soledad, pero tampoco es bueno. Tiene sus pros y sus contras. Uno cuando está solo puede hacer lo que quiere, sin embargo la soledad también es mala. Cuando te aislás de la sociedad es jodido.

¿Cómo fue su inicio con la lectura?

Desde niño tuve contacto con la lectura. Hubo un hecho fundamental en mi vida que tuvo que ver con que mi madre nos abandonó. Entonces fui a parar a la casa de unos tíos. Cuando entré a la casa había un canje de revistas y me empecé a relacionar con el cómic. Con el tiempo olvidé un poco el cómic y eso fue un error. Incluso, en una época dibujaba. Tengo ideas, proyectos de súper héroes y cosas por el estilo.

Leí que algunos de los autores con los que se vinculó fueron Roberto Arlt, Fyodor Dostoyevsky…

La gente cree que me gusta Arlt, pero no. Lo que pienso es que leer a Arlt es más importante que ir a la escuela en el sentido de que aprendés realmente. La escuela o la universidad te pueden servir para una carrera o ganar unos mangos. Sos médico, profesor, das clases de literatura o lo que sea… Pero la verdadera educación pasa por los libros, por la ficción concretamente.

Mi vieja vuelve por desgracia porque yo de mis tíos estaba bien. Comía, me cuidaban, me mandaban a la escuela, me bañaban, me compraban ropa… Después nos vamos a Pampayasta. Vivíamos en una casa de adobe, que no tenía luz ni televisor. Entonces sí o sí estábamos obligados a leer. Mi viejo era un perverso, pero como todos los perversos, inteligente. Y empezó a comprar libros, me acuerdo por ejemplo de “El Facundo”. Se ve que se aburría al no tener televisión. Y compró un libro que para mí fue clave: “El viejo y el mar” de Hemingway. Cuando lo leí, creo que tuve suerte, porque no fue inteligencia, sino la intuición de darme cuenta rápidamente dónde está el arte. Recuerdo que compró “Islas en el golfo” también de Hemingway.

Respecto de la literatura argentina, ¿con quién se sintió identificado?

Borges. Un día estaba viendo la televisión y aparece Borges. Un viejo, en blanco y negro, y supongo que me debe haber impactado muchísimo. Mi vieja había heredado de la madre algunas alhajas de oro. Fui, vendí eso y compré “Otras inquisiciones”, algo complejo que, por supuesto, no debo haber entendido nada. Sin embargo ahí leí algunos autores que Borges nombra, como Kafka y Stevenson. Entonces comencé a seguir y a relacionarme con los autores que él leía y mencionaba. Me apasioné tanto que, de todo lo que había recibido mi vieja de la herencia de su madre, vendí todo.

Mi abuela era muy pobre pero tenía un medallón de oro. Recuerdo que era muy pobre pero salía todas las tardes y lo lucía. Porque no era como ahora que te lo arrebatan, la gente era mucho más buena. Por lo menos no había tantos choros. Era lo más caro que tenía y yo vendí todo por la literatura.

Me compré toda la poesía de Borges. Me compré la poesía cara de Borges, la poesía ilustrada por los grandes maestros de la pintura argentina: Soldi, Berni, Castagnino. Después esos mismos libros los vendí cuando se acabaron las alhajas de la abuela. Entonces vendía los libros, los cambiaba y compraba otros.

– ¿Qué concepción tiene de literatura?

Un cuento de Hemingway, de Borges… “El corazón de las tinieblas” de Conrad, por ejemplo, eso es literatura. La prosa es algo racional. Casi todos los escritores, la mayoría de los novelistas se toman su tiempo, se levantan, laburan todos los días. Es constancia. Es una cuestión racional, es una construcción, como un edificio, como una casa, los cimientos la van levantando. Es una capacidad que yo no tengo, aunque en la prosa también hay mucha poesía, porque son tan talentosos que hacen las dos cosas. Un poema lo escribís en cualquier momento.

– ¿Qué es la poesía?

Yo no me hago esas preguntas. No me interesa. He leído libros sobre qué trata la poesía pero nadie lo sabe ni lo va a saber nunca. No es una operación matemática, es algo que no se sabe lo que es. Es probable que la poesía no sea literatura. Siempre digo, si fuera literatura yo no podría ser poeta.

– ¿Usted se define como poeta?

Siento que me queda grande esa palabra, no sé, me da vergüenza. ¿Quiénes eran poetas? Whitman, Pessoa, Pizarnik.

– ¿Y cuáles serían los requisitos para ser poeta entonces?

Escribir como los dioses. Ellos son los elegidos de Dios.

– ¿Cómo es el proceso de escritura?

Trato de no fracasar. Evito sentarme hasta que no estoy seguro, porque ya me ha pasado y no quiero vivir esa experiencia. No voy como un kamikaze, sino que directamente no me siento. No me gusta sentarme sin saber lo que voy a hacer.

¿Cómo llega a la poesía?

No leía poesía, excepto a Borges. Algo cambió cuando leí “Hojas de hierba” de Whitman. Borges hablaba mucho de él. En esa época estaba en Córdoba y algo cambió. Después empiezo a leer a los otros autores pero yo nunca pensé en escribir un poema. Leía mucha prosa y sigo haciéndolo porque es lo que más me gusta. Cuando escribí mi primer poema —Dios no existe Patricia— me cambió la letra, la lapicera corría de otra forma, cambió mi firma. Cambió todo. En eso es bueno el tema de la literatura.

– ¿Tiene recuerdos de cuándo fue que escribió su primer poema?

Tardé treinta y ocho años en escribir mi primer poema. Pero, como decía, yo quería escribir prosa. Y un día estaba en mi casa de Villa Nueva, solo, me levanté una mañana y —¡tac!— se me vino un recuerdo de la infancia. Y digo, ¿qué hago ahora? No sabía qué hacer porque fue algo tan traumático. Entonces le pregunté a un amigo y empecé a hacer terapia.

– ¿Qué papel jugó la terapia?

La psicóloga me dijo: “Este poema tardó treinta y ocho años en escribirlo”. Todo tiene su tiempo, todo es un misterio. Nadie sabe por qué ocurren las cosas.

– ¿Quién es Dolly Pagani para usted? ¿Cómo la conoce?

Fue muy importante para mí en muchos aspectos, no sólo en el literario sino también en el afectivo. Tengo un gran aprecio por ella. La psicóloga me dijo que tenía que ir a un taller literario y me la recomienda.

– ¿Tenía prejuicios sobre los talleres literarios?

Sí. Pero lo que sucede es que Dolly me dio mucha libertad. Se entabló una cuestión de afecto y cariño entre los dos. Hago mal en decirlo, pero era el preferido del taller (risas). No hacía lo que ella me decía. Ella proponía hacer un ejercicio y yo no lo hacía, pero siempre me valoró muy mucho, me permitió todo, no me exigía nada, hacía lo que quería.

– ¿Le gustaría dictar talleres?

A lo mejor en algún momento lo haga, me gustaría. Sería un taller de lectura, nos sentaríamos a leer. Analizaríamos textos, cuentos, para ver qué ve cada uno. Promovería las mismas libertades que me dio Dolly.

– La poeta local, Camila Urenda, en uno de sus poemas plantea una situación en la que alguien le pregunta si escribe para desahogarse, y ella se retira enojada porque expresa que se ahogó hace tiempo. ¿Cree que los poetas, cuando escriben, tratan de revivir algo que se murió en ellos o de recuperar parte de sí mismos?

Es todo un tema. Yo ya estaría muerto si no fuera por la literatura. Estaría tirado en una zanja borracho y muerto. O estaría en una institución encerrado con un problema serio de alcoholismo o drogadicción, un tema extremo. O me hubiera matado. Pero tampoco la literatura o el arte te garantizan ser feliz, porque sino, no se hubieran matado tantos escritores. La literatura argentina está plagada de tipos que se han suicidado: Quiroga, Pizarnik, Lugones…

– ¿Es feliz?

Lo decía Borges: “Un instante es más profundo y diverso que el mar” (ríe). Deben ser instantes, momentos.

– En su primer libro, en uno de los poemas se pregunta si quedan lugares donde llorar. ¿Los hay?

(Ríe) Sí, quedan, pero son muy pocos, cada vez son menos.

– ¿Usted llora?

Sí y más ahora que estoy viejo. Lloro mucho, me emociono con cualquier cosa. Me da vergüenza, a veces leo y lloro, es como un papelón, porque yo siempre critiqué a los poetas que cuando leen lloran. Y ahora, con los años, me pasa a mí.

Julio Cortázar dice que después de los cuarenta años la verdadera cara se la tiene en la nuca, mirando desesperadamente para atrás. ¿Usted tiene la necesidad de mirar hacia atrás para ver qué hizo, qué no, cómo lo hizo, por qué?

Pienso que todo lo que nos ocurre es bueno. Hasta lo malo es bueno. Todos tenemos una función en el mundo. Por algo estamos los tres acá en este momento. Borges dice en un poema: “El azar y las secretas leyes que rigen este mundo…” Plantea que hay otras leyes, algo que nosotros no vemos, que están rigiendo todos los movimientos de nosotros. El azar juega un papel importante. Yo siempre me pregunto: ¿cómo puede ser que esté vivo? Por las cosas que me han pasado.

– ¿Qué rol tuvo su niñez?

Fue dolorosa. En los libros te das cuenta de lo que significó para mí.

¿Consumió alcohol?

Sí, siempre, desde muy pequeño, si en mi casa no importaba nada.

En otro plano, usted ha manifestado su adhesión al kirchnerismo. ¿Se autocritica el hecho de adorar a Cristina y a Néstor?

No, porque es un sentimiento (ríe). Tardé 40 años en darme cuenta que el peronismo es un sentimiento. Cuando murió Néstor estaba laburando. Me fui del trabajo a mi casa llorando arriba de la bici. Es decir, es algo como la poesía, como el arte. Algo que le nace a uno. Qué mierda me importa la racionalidad, es algo que me llegó al corazón.

– Otro de los temas que trata en sus libros tiene que ver con los desaparecidos.

Yo milité muchos años en el Partido Comunista de Villa Nueva, y ahí conocí a una persona que fue fundamental en mi vida. Nuestro secretario general se llamaba Pedro Pujol y fue un hombre que me marcó a mí para siempre. Me explicó cómo funcionaba el mundo, el socialismo, el comunismo, la sociedad, la plusvalía, el capitalismo, la economía de mercado, la explotación del hombre por el hombre. Él había estado preso, había sido torturado. Fue un tipo muy honesto.

Usted ha dicho que siente admiración por ellos.

Los admiro porque lucharon por una sociedad más justa. Era gente que estaba bien económicamente. La mayoría era de clase media, no eran trabajadores, aunque los debe haber habido, pero la mayoría era gente acomodada.. Entregaron todo, andaban con los hijos, con los bebés en brazos, pusieron todo. Pusieron en juego la vida de sus hijos por una sociedad más justa.

– ¿Qué es ser un militante?

Yo los admiro a los militantes pero no volvería a militar nunca más. Milito a mi manera. Tengo gran admiración por la gente que milita en cualquier organización porque esa es la gente que va a cambiar el mundo.

– ¿Y por qué no volvería a militar?

Porque estoy bien así, porque el arte me absorbe. Y el arte quizá sea una forma de militancia, no estoy seguro. Creo que he denunciado algunas cosas que no se han denunciado en la literatura o por lo menos en la poesía, como es el tema del abuso sexual en la infancia.

– Es interesante la forma en que aborda la problemático, y usted ha dicho que lo que tiene y de eso no hay dudas es un estilo.

Tengo una voz que es inconfundible me parece. Lo que no sé es si soy buen poeta, pero tengo una voz que es lo más importante que he logrado en mi vida.

– ¿La brevedad y la contundencia de los poemas es algo que también trabaja?

Salen así. No me lo propongo. Es una intuición, un flash, una fotografía.

– ¿Qué opina sobre los jóvenes?

Creo mucho en la gente joven. Incluso creo en los jóvenes que, por ejemplo, salen los sábados a la noche en la moto, completamente borrachos, drogados… Yo creo mucho en esa gente. ¿Por qué? No sé. Creo que están haciendo algo importante, tengo mucha esperanza en esa gente. Creo que nos están diciendo o haciendo algo, con su cuerpo, con su forma de actuar… Yo los he visto en invierno, en moto, desnudos, sin camisa, sin nada, completamente drogados, borrachos. Es decir, creo más en esa gente que a lo mejor en un nene bien de clase media de Villa María.

¿Qué piensa de la gente que lo lee?

Son jóvenes ¿no?. Me parece que es gente que no está muy relacionada con la literatura. Me asombra todo lo que ocurre. Me asombra que me inviten a la Feria del Libro y de la forma en que me lo piden, porque saben que soy huraño, que no voy a los lugares. Me dan un trato especial. Que te publiquen en un blog, que te hagan una buena crítica en los diarios o cualquier persona, que te lean, hagan entrevistas o saquen fotos es algo que me asombra mucho.

– ¿Es creyente?

Sí, creo en Dios. De niño no creía, pero hace unos años que sí. Creo que la felicidad absoluta es unirse a Dios pero es muy difícil. Creo en Dios, pero no como un fanático, no rezo ni voy a la iglesia. Creo que voy a ir al cielo, me tengo fe al menos (risas).

– ¿Cómo se podría pensar la unión con Dios?

La Iglesia Católica y los cristianos poseen una relación erótica con Dios. Ernesto Cardenal dice: “Fue casi una violación”, cuando se unió con Dios. No dice que fue una violación, sino “casi”. Los grandes místicos. Sor Juana Inés de la Cruz, Thomas Merton. Esa gente estaba unida a Dios.

Es una experiencia que habría que vivirla. Se labura. Son los jesuitas, los monjes, los que están en un monasterio o se internan… Existe esa gente actualmente. O alcanzar el Nirvana. Los yogui, el budismo, el budismo Zen. Tenés que llegar a ese nivel. Hay gente que trabaja para eso, están en monasterios, se recluyen. Por ejemplo, Hugo Mujica estuvo un año en un monasterio sin hablar.

¿Usted podría hacerlo?

Yo creo que no. Tengo muchos vicios y eso tiene que ver con un estado de pureza. Pero nunca se sabe. Está el maestro, el gurú. Se necesita un guía.

¿Le tiene miedo a la muerte?

No, nunca le tuve miedo a la muerte. Para nada. Lo veo como una puerta que se abre hacia otro lugar. No lo veo como el fin. Y si fuera el fin, que lo sea, no es algo que me preocupe. No estoy amarrado a esto. Tengo miedo a la enfermedad, pero también tengo fe. Creo que lo peor ya pasó. Son fundamentales las personas que se te cruzan en el camino. El que te cambia es el otro.

– ¿Si tuviera un espejo en este momento, qué ve?

Veo un niño de 5 años leyendo al borde de un precipicio (esa es la tapa del libro “Hermoso niño rubio”).

Antes de despedirse, Gustavo nos regala tres de los poemas con los que se siente más identificado.

el caballo que viste/fugazmente/desde la ventana/del colectivo// (el animal estaba solo/ parado en cuatro patas/ en medio del campo)// era yo// yo me llamo Gustavo/ gustavo borga me llamo// soy tu espejo”.

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tiene una casa quinta/ en las afueras de la ciudad/ la habita con su familia/ los fines de semana// ayer a la tarde/ cargué la bordeadora/ en la cuatro por cuatro// me dejó en el patio/ de la casa// dentro de tres horas/ te vengo a buscar dijo// cuando se fue me acerqué/ a la pileta de natación/ al lado hay un árbol talado// lo corté me dijo una vez/ porque las hojas que caían/ ensuciaban el agua// le puse nafta a la bordeadora/ y empecé a cortar el césped// terminé antes de las tres horas// me desnudé y me tiré a la pileta// sentí que era la pequeña hoja/ de un árbol inmenso al que nunca/ nadie podrá talar”.

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“esos trapos// esos trapos/ rotos// rotos/ por pie/ por manos/ por rodillas/ por codos/ por dientes// esos trapos// esos trapos/ sucios// sucios/ de llanto/ de sangre/ de semen/ de mierda// esos trapos// esos trapos/ están// esos trapos/ existen// esos trapos/ no son un sueño”.

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La tarde y el viento se van apagando como un mate que se lava después de una charla en la que el sol presta su abrigo. Nos despedimos. Me quedo pensando con quién estuve. Y es así. Gustavo Borga es un niño. No porque yo lo diga, sino porque hay voces que, definitivamente, son inconfundibles.

Publicaciones

– Patitos degollados (Edición de autor, 2002)
– Hermoso niño rubio (Xión Ediciones, 2006)
– Poesía reunida (ediciones llantodemudo, 2010)
– Para vos NO (ediciones llantodemudo, 2010)
– Un puntito negro (Ediciones Cartografías, 2013)
– Como un corazón (Borde Perdido Editora, 2016)

* Esta y demás entrevistas se pueden leer también en la Fanpage de Facebook de su autor: Franco Guerarduzzi. Fotografías por Flor  Garello.


“fotografías por @[100006801035584:2048:Flor Garello] http://www.revistawam.com/borga-tarde-38-anos-en-escribir-mi-primer-poema/”

From Entrevista a Gustavo Borga por Franco Guerarduzzi. Posted by WAM on 11/08/2016 (6 items)

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