MIRAR EN COMUNIDAD: LA EXPERIENCIA COLECTIVA DE LOS CINECLUBS
Hablamos con los creadores de cuatro de estos espacios en Villa María. Por Ignacio Silva.
En la ciudad funcionan al menos cuatro propuestas: Cineclub Universitario, Velvet, Cortina Roja y Moloko Vellocet. Con distintas programaciones, espacios y formas de encuentro.
Un proyector se enciende y la pantalla principal se ilumina. Las conversaciones y distracciones cotidianas, al mismo tiempo, se apagan. Durante las próximas horas un grupo de personas, que pueden no conocerse entre ellas, van a mirar la misma película, en el mismo lugar y al mismo tiempo. Algunas de ellas ya saben qué van a encontrar. Otras llegaron sin demasiadas referencias. Al terminar, posiblemente aparezcan las opiniones, las discusiones y las interpelaciones. La película termina, pero las luces no se prenden para dejar de habitar el espacio colectivo.
En Villa María existen cuatro propuestas para recuperar esta forma de encontrarse: Cineclub Universitario, Velvet, Cortina Roja y Moloko Vellocet. Aunque cada una tiene sus propias características y criterios de programación, todas construyen espacios donde las películas pueden circular por fuera de las salas comerciales y de las plataformas de streaming.
Este fenómeno no es nuevo. Los cineclubes surgieron en la década de 1920 en Francia, impulsados por intelectuales y críticos como Ricciotto Canudo y Louis Delluc. Nacieron como una alternativa a la creciente industrialización del cine, con el objetivo de exhibir obras fuera del circuito comercial, proteger el patrimonio fílmico e incentivar la discusión a través del debate posterior a la proyección. Actualmente, esa función adquiere otra dimensión en un contexto en el que una película puede estar disponible en pocos segundos y verse desde cualquier lugar.
El Cineclub Universitario retomó su actividad en 2026 después de una experiencia desarrollada entre 2007 y 2019. La propuesta actual, impulsada por la Universidad Nacional de Villa María (UNVM), busca proponer películas que no tienen tanta circulación dentro de los circuitos comerciales.
Su programación incluye ciclos dedicados a directores, cinematografías y temas. Durante este año se presentó ciclos sobre Krzysztof Kieślowski, directoras latinoamericanas y cine coreano contemporáneo, entre otros.
Una película no termina cuando aparecen los créditos
Durante los últimos años, el surgimiento y la masificación de las plataformas de streaming transformaron los hábitos de consumo audiovisual. La posibilidad de elegir qué mirar, cuándo y dónde hacerlo convirtió al cine en una experiencia cada vez más individual y solitaria.
Los cineclubes proponen una lógica diferente. La película tiene un horario, un lugar y una programación elegida previamente. El espectador acepta compartir esa experiencia con otras personas, donde una risa puede contagiarse de un asiento al otro o una escena incómoda puede generar un silencio compartido.
Para Ezequiel Matcovich, de Velvet, un cineclub es «un espacio de intercambio cultural y de saberes, que tiene de intermediario el lenguaje audiovisual». En esa misma línea, enfatiza el valor del encuentro: «Elegir uno tiene un plusvalor muy grande a la hora de ver una peli. Si bien la experiencia de verla solo en tu casa, a tu ritmo, está buena, me parece que compartir el visionado en un cine permite el posterior debate. Por ahí se te pasan detalles o viste algo distinto al otro, entonces se enriquece la mirada».
Por eso, esto también funciona como un espacio de socialización y de aprendizaje colectivo. Guadalupe Gallego, de Cortina Roja, coincide en la dimensión comunitaria de esta práctica: «Hoy en día es un espacio importante de encuentro, intercambio y debate, más que nada entre distintas perspectivas sobre el cine. La diferencia entre ir a uno y ver una película en tu casa es gigante, no solamente porque compartís con un montón de personas y se convierte en un acto colectivo, sino también por el intercambio de las distintas visiones y formas de ver el mundo».
Desde Moloko Vellocet, Julieta Aiello remarca el sentido transformador que adquiere la sala: «Incluso puede ser un poco más incómodo, pero esa incomodidad lo vale. Es la experiencia de estar junto a otro que se está riendo de algo que a vos te parece triste, o viceversa. Hay gente que dice que no le gustó la película mientras la estaba viendo y que después en el debate tuvo una visión completamente distinta. Es una forma de apostar al cine como realmente nació: como una actividad comunitaria».
Más allá de la cartelera
Una de las características que atraviesa a los cineclubes es la posibilidad de ampliar la oferta cinematográfica disponible para el público. El cine comercial responde a una lógica de distribución y exhibición que determina qué películas llegan a las salas, durante cuánto tiempo y ante qué cantidad de espectadores. Nuestro consumo, al final, queda relegado a las lógicas del mercado.
Julieta Aiello señala que la labor de Moloko Vellocet responde a una necesidad del contexto local: «El cineclub es ante todo un espacio de difusión de cine y de acercarlo a la comunidad villamariense, en una ciudad que tuvo históricamente muchísimos cines y actualmente tiene un solo cine comercial con una cartelera bastante acotada. La idea es acercar sobre todo estrenos que no llegan acá y que la ciudad no quede atrasada».
Por su parte, en Cortina Roja el criterio de selección varía mes a mes en torno a ejes temáticos o directores: «Buscamos mostrar que hay muchísimas formas de hacer cine y películas que no llegan a las salas comerciales que la gente necesita ver y entender», detalló Guadalupe Gallego. En su trayectoria en Villa María, Cortina Roja ha proyectado títulos como Perfect Blue de Satoshi Kon, Oldboy de Park Chan-wook o la producción nacional Medianeras de Gustavo Taretto.
En el Cineclub Universitario, el propósito de la selección pasa por rescatar obras fundamentales y contagiar la pasión por el lenguaje audiovisual. Carlos Lema, integrante del equipo organizador, explica que el principal objetivo al armar los ciclos es: «transmitirles de alguna manera esa fascinación que nos provocó a nosotros cuando vimos las películas por primera vez, teniendo en cuenta que muy probablemente esa película no la vieron, o la vieron hace mucho tiempo, o no la vieron en relación con las otras obras del ciclo. Eso hace que se descubra la película de otra manera y sea un disparador para enamorarse un poco del cine y seguir viendo más».
Velvet completa este mapa de propuestas que, desde distintos lugares, contribuyen a generar una circulación alternativa de películas y a construir espacios de encuentro.
El cine como excusa
Existe algo paradójico en los cineclubes actuales. Nunca fue tan sencillo acceder a películas y, al mismo tiempo, quizás nunca fue tan necesario generar espacios para volver a encontrarse a verlas.
La tecnología resolvió buena parte del problema del acceso. Una enorme cantidad de producciones están disponibles para quien tenga conexión a internet y una suscripción. Pero tener acceso no significa necesariamente compartir una experiencia alrededor de ellas.
A diferencia de mirar una película en casa, en donde el espectador puede controlar todo: pausar, adelantar, dejar la película o elegir otra en segundos, en un cineclub existe una instancia colectiva que obliga, en cierto sentido, a permanecer frente a la pantalla y atravesar la película junto a los demás.
Y después aparece algo que ninguna plataforma puede presentar de forma automática, como lo es la conversación con el resto. Los cineclubes forman públicos. Enseñan a mirar, proponen descubrir obras desconocidas y permiten que una película que quizás habría pasado inadvertida encuentre espectadores.
Cuatro formas de reunirse alrededor del cine
Cineclub Universitario, Velvet, Cortina Roja y Moloko Vellocet no conforman una propuesta idéntica. Cada uno tiene sus propios recorridos, intereses y maneras de programar. Esa diversidad es parte de lo que permite que existan diferentes puertas de entrada al cine.
Mirar una película solo puede ser una experiencia maravillosa. Pero mirarla con otros transforma la experiencia. Están las reacciones que se comparten en la sala, las conversaciones que quedan después de los créditos, la posibilidad de descubrir una obra a través de otra persona y, sobre todo, la sensación de haber estado con otros durante un par de horas mirando hacia el mismo lugar.
En una época en la que cada espectador puede tener acceso a su propia pantalla, los cineclubes proponen algo mucho más antiguo y quizás, por eso mismo, todavía vigente, la de sentarse juntos a mirar una película.
Y cuando las luces vuelven a encenderse y el proyector se apaga, la película ya no pertenece solamente a quienes la hicieron. Queda también en quienes la miraron, en lo que les provocó y en las conversaciones que despertó. Quizás ahí esté una de las razones por las que, incluso en tiempos de pantallas individuales, todavía haya personas dispuestas a salir de sus casas para volver a mirar cine juntas.
Por Ignacio Silva.



