IDENTIDAD ARGENTINA: EL ORGULLO DE SENTIRSE REPRESENTADO
¿qué hace que un grupo de personas sienta que pertenece a algo? Es algo difícil de nombrar, un sentimiento que no se explica pero se reconoce.
Hay una pregunta que parece simple y no lo es: ¿qué hace que un grupo de personas sienta que pertenece a algo? Y no creo que tenga que ver ni con un documento, ni con una frontera dibujada en un mapa. Es algo más difícil de nombrar, un sentimiento que no se explica pero se reconoce.
La identidad es eso que nos dice quiénes somos, pero sobre todo, que nos dice quiénes somos junto a otros.
Funciona como un espejo y como una bandera al mismo tiempo: nos devuelve una imagen que nos representa y, a la vez, es algo que levantamos para que el resto lo vea. No se encuentra en ideas abstractas. Se encuentra en lo que hacemos, comemos, vestimos y repetimos. Lo encontramos también en los colores: dos franjas celestes y una blanca en el medio, que en un segundo dicen lo que en palabras tardaríamos más de un párrafo.
La identidad también se encuentra en cómo saludamos, en la hora a la que comemos, en con quién comemos y en la ronda de mates que gira sin que nadie la organice. Es el acento que nos delata apenas abrimos la boca lejos de casa, es la tonada que cambia de provincia a provincia y que, sin embargo, nos enmarca a todos bajo una misma cultura.
No se decreta desde arriba: se cocina desde abajo, en lo cotidiano y a fuego lento, y se reaviva cada vez que alguien la reconoce y la nombra.
En este último tiempo, en nuestro país, el Mundial de fútbol volvió a poner sobre la mesa un florecer de identidad, un orgullo de ser argentino. Un orgullo que parecía dormido, o que al menos no se veía tan claro como ahora. Y es que el fútbol también forma parte de quienes somos, nos identifica y para nada es algo secundario, sino que todo lo contrario. Es quizás, de las pocas cosas que logra unirnos de manera unánime y sin discusión, que genera abrazos con propios y ajenos y que consigue reconocernos en el de al lado desde algo superior que nos hermana.
Incluso las marcas de indumentaria lo captaron antes que todos. Las vidrieras se llenaron de prendas con banderas, soles de mayo y el celeste y blanco en todas sus formas. En esto, digamos la verdad, el marketing pocas veces se equivoca: si lo hicieron, es porque intuyeron antes que nadie que algo grande se estaba gestando, algo que trascendía incluso lo deportivo.
Creo que una de las respuestas a este florecer de identidad argentina, probablemente se encuentre en quienes nos representan: el capitán, el técnico, cada jugador y hasta cada uno de los integrantes del cuerpo técnico llevan la humildad como bandera. Lo colectivo antes que el nombre propio. El compañerismo y fundamentalmente las ganas de ganar por el otro.
Un puñado de virtudes que nos hicieron sentir orgullo y que se derramaron más allá de la cancha, porque hasta el que no distingue un penal de un tiro libre se reconoció en ellos, y a través de ellos, en su propio país.
Casualmente, o no, es el reflejo exactamente opuesto de todo aquello de lo que se nos acusa actualmente desde otros países, y principalmente a través de redes sociales.
Amamos lo que nos identifica. Nos gusta sentirnos parte y nos da orgullo mostrárselo al mundo. Hoy nos sentimos más argentinos que nunca y abrazamos sin culpa lo que nos hace ser: el mate, el asado, la reunión, los amigos, lo colectivo.
Vuelvo al principio. A eso que nos hace pertenecer sin que nadie lo firme ni lo ordene.
Una identidad va más allá de un himno, de una frontera y de una medalla. Es la decisión, tomada en voz baja y en masa, de dejar de pedirle perdón al mundo por ser lo que somos. Sentirse parte es una de las formas más lindas de estar en el mundo. Y mostrarlo cuando otros quieren que lo escondamos no es soberbia: es sentido de pertenencia.
Es cultura, esto somos, y nos gusta serlo.
Ojalá no lo olvidemos cuando baje la marea.



