UNA CITA A CIEGAS CON PATRICIO REY
¿Qué pasa cuando te anulan un sentido para agudizar otro? Fuimos a vivir la experiencia de Astral Música a Ciegas para escuchar Oktubre, en total oscuridad.
Astral Música a Ciegas llegó por quinta vez a Villa María con su propuesta de escuchar un disco completo en total oscuridad, con sonido envolvente de alta calidad. Y allá fuimos para vivirlo y contarles de primera mano sobre esta aventura.
El disco: Oktubre de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (1986).
“Vas en la oscura multitud desprevenido”. Adolescentes, jóvenes, adultos y adultos mayores se acercaron a la Medioteca para experimentar qué sucede cuando uno de los sentidos principales del ser humano desaparece por completo. La propuesta es sencilla en apariencia: cerrar los ojos y escuchar. Pero cuando la oscuridad es absoluta, escuchar deja de ser una acción pasiva.
Lo primero que se siente es incomodidad. Sobre todo si es la primera vez que se vive la experiencia. “Esta es la peor cita. Es una cita a ciegas”, pensamos, porque no sabíamos exactamente con lo qué nos íbamos a encontrar. Sin embargo, nos pareció un momento mágico y antes que terminara ya estábamos pensando en volver y preguntándonos qué otro disco nos gustaría escuchar bajo esta modalidad.
“Los ojos ciegos bien abiertos”. No hay referencias espaciales de ningún tipo, los ojos están abiertos pero la sensación es que están cerrados. Los abro, los cierro y nada cambia. Un audio previo busca llevar calma a los primerizos, como nosotros, con algunos consejos y sugerencias para disfrutar de lo que está por venir… y lo logra. Comenzar con los ojos cerrados, concentrarse en la respiración y el contacto físico, si fuiste con otra persona, sirven de mucho para superar ese primer momento de desconcierto.
“Ahora ya no llora”. Para cuando “Oktubre” comienza a sonar ya estamos listos para disfrutar de lo extraordinario. Las bombas comienzan a caer, detrás nuestro, al lado nuestro, por todos lados. El sonido envolvente le hace verdadero honor a su nombre, con guitarras al frente, voces lejanas, agua corriendo por los pies y un tsunami de ondas sonoras que por momentos te lleva puesto. La sensación es estar dentro de la música, uno es parte de lo que suena, te rodea y te atraviesa enérgicamente el cuerpo.
Cada sonido dispara una imagen. En mi caso, lo primero que se me aparece es la banda. Una especie de holograma imaginario frente a mí, suspendido en una oscuridad que parece no tener límites. A falta de imagen, la música la construye.
“Ya no estás solo, estamos todos en naufragar”. Imposible no pensar en cómo lo estará viviendo la persona de al lado, la de atrás o la de adelante. Ahí aparece una de las grandes paradojas de Música a Ciegas: esta es una experiencia en principio colectiva pero al mismo tiempo profundamente individual. Cada uno está en su mundo, viviéndolo a su manera y sin la mirada de un otro, aunque lo tengamos a centímetros.
“No mires, por favor, y no prendas la luz”. Algunos probablemente bailen. Otros moverán la cabeza. Otros permanecerán completamente quietos, hundidos en la butaca. Yo apenas atino a mover una pierna al ritmo de las canciones y a concentrarme en todo lo que normalmente pasa desapercibido cuando escuchamos música mientras hacemos cualquier otra cosa.
Ese quizás sea el verdadero experimento. En tiempos en los que escuchar música suele ser una actividad que sucede mientras hacemos otra cosa -miramos el celular, viajamos, trabajamos, cocinamos, caminamos, corremos- Música a Ciegas obliga a escuchar, cómo una acción en sí misma.
“Esto es efímero, ahora efímero, Cómo corre el tiempo”. El experimento cumplió su objetivo, lo individual pudo convivir con lo colectivo y no hubo luces de pantallas ni ruidos de dispositivos que cortaran el viaje sonoro. Que 50 personas hayan podido pasar más de 40 minutos sin chequear su celular ya es un logro en sí mismo.
“El montaje final es muy curioso, es, en verdad, realmente entretenido”. Cuando finalmente vuelve la luz, el viaje termina. La sala vuelve a ser una sala. Las personas vuelven a verse las caras. Podríamos decir que Música a Ciegas es una excelente cita. Una cita a ciegas, sí, pero no necesariamente con otra persona. Es, en realidad, una cita con uno mismo y con una forma de escuchar que parece cada vez más difícil de encontrar.
Porque cuando la música ocupa todo el espacio, pocas veces defrauda. Y esta vez, definitivamente, no fue la excepción.



