VODEVIL, O CÓMO LO DIFERENTE CONFORMA UN MICROCOSMOS

Enrique Aiello nos invitó a escuchar su nuevo disco. Esta es nuestra devolución, canción por canción.

Por Roque Guzmán.

Una taza estampada con The Beatles. Una lámpara de lava. Más y más imágenes de la banda originada en Liverpool. Un espacio cálido, moderno y con la mística de ser una cocina de paletas sonoras, de arreglos y composiciones, de historias y mundos musicales.

Enrique “Cacho” Aiello nos recibe en su hogar, dialoga y explica como un amigo hace a otro, como un padre comentando sobre su hijo. En este caso, su quinto disco de estudio solista, Vodevil, es ese hijo que le ha costado esfuerzos en días y noches, pero que al mirarlo a los ojos refleja la viva imagen de su progenitor.

Son las cosas que me gustan a mí. Hay Beatles, hay Spinetta. Es lo que soy yo. Este ADN es el mío”, afirma el productor y arreglador villamariense.

Quién decida ingresar a este Vodevil debe darse por aludido en un par de cuestiones antes de dar el paso hacia el interior del teatro. En primer lugar, y no como sucede al enfrentar toda obra de arte –aunque muchos afirmarán lo contrario-, deben saber que al salir de este espacio ya no serán los mismos. En segundo lugar, están advertidos de que la variedad estética, sonora y rítmica que transita los doce actos de la obra puede engañar, pero hay una esencia que no escapa en ningún segundo, en ningún compás.

El primer corte Oye la canción, difundido vía Youtube con anterioridad, contiene muchas sonoridades. Con la delicadeza del guitarrista de discos de Alberto Spinetta, Guillermo Arrom, invita a un pequeño viaje místico en el que “oír la canción” significa mirar al otro, sentir a la madre tierra y “saber que cada instante es tan fugás e incierto”. Una joyita: el puente de la canción que, junto al punteo de Arrom advierten que el álbum tendrá momentos diversos.

Ídolo’ está dedicado a nuestros ídolos argentinos”, dice Aiello antes de darle play a la canción más épica del disco. Al mejor estilo de los muchachos de Liverpool, el progreso de la canción recuerda a “I Want You” de 1969. Lleva al oyente hacia un destino inevitablemente épico. “Brillar, brillar, brillar…” –y su melodía- quedará plasmado en los tímpanos sin posibilidad de escape, zumbando en las cabezas. La influencia beatlediana dice presente con todas sus fuerzas en uno de los picos más altos del disco.

A medida que se avanza en la escucha de Vodevil, comienza la sensación de globalidad de una propuesta conceptual, en la que personajes, historias y sucesos-accidentes-incidentes, se entrecruzan en el imaginario del escucha. La musiquita de Vodevil que aparece promediando “Ídolo” parece unir fragmentos y anticipa sonoridades.

El tercer acto es Viviendo como espías. “Todos vivimos como espías”, dice Aiello y comienza un clima musical digno de James Bond, pero con una métrica entre el mejor Fito y algo de Calamaro. Es una “pequeña películita” que presenta el primer panorama tragicómico del álbum.

El jaguar azul, propone un poco más de frescura que el corte anterior y, a través del folklore acerca otra de las historias de este mundo, entre Horacio Quiroga y las leyendas guaraníes. Otra canción “diferente”. Aunque en este disco, lo diferente es la moneda corriente, y es a la ontología de Aiello lo que las expresiones artísticas son a la industria cultural. El Vodevil parece fagocitar cada característica particular que suena “diferente” para conformar una diversidad unívoca.

Si algo no se le puede criticar al sucesor de Pelo (2014) es la creación de un mundo entero, un universo que se opone con presencia a la necesidad –tan contemporánea- de multiversos intrincados para abarcar una montaña rusa de estados emocionales. Aiello nos propone en un único microcosmos particular todo lo necesario para asistir a un hecho artístico con un “aquí y ahora” benjamineano.

Desde el primer compás sabremos que la palabra “rock” es lo que lleva tatuada la canción en sus brazos, piernas, pecho y espalda. La risa de Aiello se transforma en melodía en Rio. La quinta canción de este –aparentemente- conjunto de actos inconexos, es una canción de protesta rocker contra esos encuentros luego de tantos años entre quienes compartieron caminos en el pasado. Frente a aquellos a los que se les ve “el colmillo”, el consejo del director del Vodevil es reírse.

La primera parte, casi a modo de “Lado A”, culmina con la canción más acústica del trabajo discográfico. Como si fuese necesario, en la diversidad, la suavidad de la canción propone “ver las cosas coincidir”. Sincronía duda desde este punto de partida sobre el destino y la casualidad.

El telón se corre, pero aún faltará escuchar las restantes seis obras, seis actos.

“Lado B”

La guitarra lleva al escucha hacia el conjunto de variedades y fenómenos por historias en las que el Vodevil es marco y esencia. Hit. La séptima canción pone de manifiesto la capacidad vocal de Aiello, pero además una dimensión de juglar que no oculta. Valiéndose del lenguaje, el artista logra contar otra de las historias tragicómicas que eleva el álbum hacia otro de los clímax musicales.

No es fácil escribir historias en una canción. Tenés muchas cosas que te están condicionando: la métrica, el tiempo, en el estribillo no podes dejar pendiente un desenlace”, explicó el músico.

Con una intro que recuerda un poco a la última etapa ricotera de la pareja Solari-Beillinson, El Automata” llama la atención nuevamente al “ser digital” de la vida moderna, para advertir que todos podemos ser autómatas. Presos de esta droga de la felicidad, el uso de la tecnología no nos deja escapar. La canción es casi un middle que da cohesión a los actos del Vodevil.

Casi a modo de un recuento, Postales de Kusturica sumerge al escucha en el planteo del paso del tiempo y la continuidad de la vida. La canción, es a Aiello lo que “Un vestido y un amor” es a Páez. Sin embargo no sólo se encarga de ese ayer, sino del avance. El músico habla desde su corazón y cuela esta canción tan personal en el Vodevil, por medio de un sonido acústico. Penas y alegrías como un film de Kusturica. Pero como se trata de este conjunto de variedades, no se le puede retrucar que la honestidad del artista de paso a una historia que le es propia, por sobre la ficción. Mucho menos si lo hace con la calidad sonora, compositiva y visualidad que presenta.

El décimo acto de este espectáculo de fenómenos es la representación perfecta del Aiello integral. El acierto de la participación de Fausto Vercellino resulta en una necesidad. Como si hiciera falta hablar de hits, la canción irrumpe con la posesión del estribillo más claro, honesto y movilizador de un trabajo discográfico en el que elegir las mejores canciones es una tarea imposible. Beleza, que nació como bossa-nova en las manos de Aiello, termina con una crueldad literaria a la que el artista de Madre Chicha nos tienen acostumbrados y una franqueza musical que no permite imaginarla de otra manera. Hallazgo: el puente trap de Vercellino da pie al tercer pico del álbum en el que métrica, voces y letra conforman una unidad perfecta.

Creo que los puentes del álbum son –y serán- manifestaciones de que el trabajo que ha realizado Aiello en todos estos años ha dado frutos. Productor, arreglador, compositor e intérprete ya no se disputan en una arena por una mayor participación. Todos los “Aiellos” ya conviven en el mismo espacio. Todos ya son uno sólo, y la mejor de las expresiones de sí mismo.

Un sonido de antaño trae en el penúltimo acto del disco, otra de las historias con las que podemos cruzarnos en el Vodevil de la vida. Pero una que dejará al oyente con un sabor amargo, melancólico. En Azul y púrpura, de poco más de cinco minutos, tal como sucede con “Postales de Kusturica”, la elasticidad de matices de la voz de Aiello tiene el marco perfecto para demostrar que los años no transcurren para sus cuerdas vocales. Joya número 3: Otro puente, pero en clave de tango  y seguida por unos toques progresivos, plantea que la fusión de climas, sonidos y ritmos es el espacio de acción propicio para el artista.

El final del disco es otra de las canciones que, más que del Vodevil es de “Cacho” Aiello. Un homenaje a un amigo fallecido en el que participan músicos de la primera banda del artista “Ramirez” y los futuros herederos de la música. “El piano imaginario” es un cierre digno en el que las voces de los jóvenes músicos, incluida la hija de “Cacho”, brindan la frescura justa para este homenaje a Pablo Traverso.

Y el álbum podría llevar como denominación una réplica de la nomenclatura de cualquiera de sus canciones. Y es que el destino de hit de cada obra que compone Vodevíl podría ser acertado si se nombrara de esa manera al conjunto de estos 12 actos.

Pero Vodevil podría haberse llamado Aiello en realidad, porque su quintaesencia se encuentra intacta y flota en cada una de las canciones. Es Aiello en su óptima expresión. El mejor Aiello.

Aiello es ese “ídolo”, que “viviendo como espía” que “oye la canción” en “postales de kusturica”, se entremezcla casi por casualidad, casi por “sincronía” con historias como la de “el  jaguar azul” y “el autómata”. En la “beleza” del “azul y púrpura” flota sobre “el piano imaginario”. Eso sí, sin abandonar nunca un “Vodevil” vital que cierra un circulo, pero no un ciclo.

Este conjunto de palabras, esta interpretación escrita con ciertas licencias, podría –y debería- ser diferente para cada oyente; cada uno la interpretará según sus condiciones de recepción. Sin embargo, esa sensación de estar asistiendo a “un todo” capaz de condensar historias, sonidos, imágenes y postales de un mismo Universos, es ineludible al escuchar el disco. Es el inevitable hecho artístico del mejor Aiello y su microcosmos.

P.D.I: Las variedades que el Vodevil presenta en 50 minutos incluyen a Hugo Ordanini, Luciano Cuviello, Marías Sabagh, Gustavo Nazar, Tomás Rivera, Fernando Silva, Diego Martín Bravo, Mingui Ingaramo, Juan Carlos Ingaramo, Juan Cruz Peñaloza, Pablo Cordero, Sergio Aranda, Guille Arrom, Julie Aiello, Gastón Pérez Rivera, Juan Ingaramo, Sergio Alonso, Fernando Hemadi, Lucas Rivera, Guillermo Ochoa, Federico Larusso, Andreína Aiello, Monique Marcato, Aldo Lumbía, Renata Bonamici, Jorge Nazar, Mark Young y David Rodriquez.

P.D.II: La producción del disco estuvo a cargo de Enrique Aiello. Fue grabado en Paraíso Audio Pro y en Orange Audio. La mezcla la realizó el mismo Aiello en Orange Audio (Villa Nueva). El masterizado lo llevó adelante Gustavo Borner en Igloo Music Studios, Burbank, California.

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