BLABLATORIO N°11: GENTE QUE NARRA II

Moisés, Lewis Carroll y Murakami juntos en la columna semanal de Mauro Guzman.

GENTE QUE NARRA II

1. El espiritual. Murakami madruga y escribe cinco horas por día. Se echa una siesta y todas las tardes sale a correr. Lleva así más de treinta años. Siempre intuyó que ejercitarse estimula su creatividad. En De qué hablo cuando hablo de escribir pone: cuando la fuerza disminuye, decae con ella la capacidad de pensar. Se pierde agilidad mental, flexibilidad espiritual. En una ocasión me entrevistó un joven escritor y le dije: “Un escritor está acabado cuando engorda”. Yo sé de un cantante evangélico, muy famoso (no supe si leyó a Murakami) que dice que para él correr es un modo de orar. Corre a diario y tiene algunas canciones hermosas.

2. El narrador. Lewis Carroll, el que escribió Alicia en el país de las maravillas, se llamaba Charles Dodgson y era tartamudo, profesor de matemática en la universidad de Oxford y un diácono nunca ordenado de cura y soltero a morir. Pero había un momento de su habla en que no tartamudeaba: cuando conversaba con niños y niñas o les improvisaba historias oralmente. Solía sentarse en un gran sillón con las tres hijitas del decano de esa facultad, una de las cuales se llamaba Alicia, a contarles, oralmente, cuentos que iba inventando a medida que los contaba y, al mismo tiempo, los dibujaba en una hoja grande. Una tarde de 1862 paseaba en bote con las mismas niñas (Alicia tenía 10 años) y le pidieron que inventara un cuento. Así empezó a improvisar la que fue la historia de Alicia en el país de las maravillas. A la pequeña Alicia le gustó tanto que le pidió que la escribiera. Para esa navidad Lewis le regaló el manuscrito que él mismo ilustró.

3. El adelantado. Cuenta Piglia que Tolstoi fue atento a los progresos técnicos. En la Europa de fines del siglo XIX fue uno de los primeros en usar bicicleta. También fue un visionario de la máquina de escribir. Se inventó en 1885 para que, como copistas medievales, hubiera encargados de pasar en limpio los manuscritos de las novelas de los grandes escritores. Tolstoi se animó a usarla no sólo para copiar literatura, sino para crearla: La muerte de Iván Illich, por ejemplo, fue escrita directamente a máquina. Su mujer, antes de esta costumbre, le pasaba a máquina los manuscritos: copió siete veces la extensísima La guerra y la paz, y al final ya pensaba que la novela era de ella, por lo que tuvo graves problemas con su marido. Luego de copiar siete veces semejante texto es esperable que uno sienta que algo comparte con el autor.

4. El porfiado. Moisés ve una planta en llamas pero que el fuego no la acaba. Curioso, va a averiguar. Unos pasos antes de llegar le habla el vozarrón de Jehová y le dice que ni piense acercarse y  que se descalce que está pisando lugar santo. Después le ordena que vaya a decirle al Faraón (sic) que deje ir a la multitud de esclavos judíos que laburan para él. Y Moisés: a) ¿quién soy yo para que el Faraón me dé bola? b) bueno, Jehová, ponele que voy, llego ahí y les digo muchachos, hermanos, pueblo de Israel, nos vamos ¿les digo que me manda quién? o sea ¿cómo te llamás vos? c) no me van a creer, me van a decir: qué se te va a aparecer Dios a vos; d) ¡ay, Señor! Nunca tuve labia, ni antes de que me llamés para servirte ni ahora, porque soy tardo en el habla y torpe de lengua ¡soy tartamudo!; e) ¡ay, Señor! Por favor mandá a otro. Dios le venía respondiendo todos los ítems (la respuesta más famosa es la b):YO SOY EL QUE SOY. Así dirás a los hijos de Israel, YO SOY me envió a ustedes), pero con la última pregunta se enfureció y le dijo está bien, mando a tu hermano Aarón que habla bien: vos le hablás a él, ponés tus palabras en su boca y yo voy a estar con tu boca y con la de él, y les voy a mostrar lo que tienen que hacer. Ah, y tomá, llévate esta ramita con poderes para hacer milagros por si no te creen. Listo, Moisés, Chau. Señor, pero… Chau. Es que, Señor… Dije que chau.

 

Por Mauro Guzmán.